Corría en busca de algún lugar que me pudiera dar protección, que me ayudara a esquivar a aquellos dos personajes que me perseguían incansablemente por la ciudad; pero no era posible, no había más que calles eternas transitadas por domoníacos coches entre contenedores de basura y carteles publicitarios cuyo único fin era guiar nuestra conducta en su beneficio.
No sabía qué más hacer, a dónde ir, estaba cansada y la desesperación venció; me paré, esperando a que me alcanzarán, para hacer con mi ser lo que quisieran, tal vez matarme, violarme o quemarme viva, a estas alturas de la vida me esperaba cualquier cosa del hombre... pero para mi sorpresa encontré mi salvación, un enorme parque como 3 campos de futbol de extensión, era el sitio adecuado.
Aprovechando la oscuridad de la noche me camuflé entre unos árboles y matorrales; era mi especialidad, mi don: la ayuda mutua entre la Naturaleza y yo.
Agazapada, observé a aquellos dos individuos corriendo en mi busca.
-Buscad, buscad, que no saldréis vivos de esta-murmuré.
Se pararon para mirar más detenidamente por si se diera el caso de que me hubiera escondido. Tras ellos, serpenteaba un gran río artificial, tal vez es el sitio idóneo para esconder los cadáveres, pensé.
Sin más dilación, comencé a llamar a mi animal de poder, el felino, más concretamente al gato, el cual me podía otorgar ciertos poderes naturales asombrosos. Me concentré y esperé a que él se acercará a mi, para finalmente fusionarnos en un mismo ser, capaz de hacer cosas extraordinarias. No sin premeditación, comencé la metamorfosis, aquel acto por el cual me empecé a transformar en una gata gris, sin ningún peligro aparente. Salí de mi escondite, pero ellos no parecieron percatarse debido a mi gran sigilo, y aunque me hubieran oído, no hubieran visto más que un pobre gato abandonado de la mano del hombre.
Era el momento de observar qué hacían para trazar un plan.
Tal vez os devore, ese sí sería un buen escondite para vuestros cadáveres, replanteé.
Me subía a un árbol cercano a ellos, donde parecía que se habían dado por vencidos.
Patética raza de seres imperfectos, esclavos de su propio cuerpo, dueños de nada, insulsa creación estúpida, dije para mis adentros.
Empecé de nuevo una metamorfosis aún más violenta, la de una tigresa albina, sabio y paciente, fuerte y valeroso. Me abalancé sobre uno de ellos, cuya única reacción fue cubrirse las manos con la cara, cosa que solo sirvió para enfurecerme más. Solté un rugido, que enmudeció a mi atacante. Con mis dos grandes garras le sujeté las manos contra el suelo impidiéndole moverse, mientras le empezaba a morder las piernas, oliendo el dulce sabor a sangre, mientras su amigo corría lejos de allí.
Ahí le dejé, sin piernas, soltando alaridos de dolor, desangrándose rápidamente.
El otro no corrió mejor suerte, conseguí alcanzarlo, y de un zarpazo le arranqué la cabeza, seguidamente devorada por mi insatisfecho estómago; el resto del cuerpo lo arrastré hasta donde se encontraba el otro; el que quedaba vivo, al ver el cuerpo sin cabeza de su amigo intentó huir, incrédulo.
Es tu momento, disfrútalo, me dijo una voz.
El cuerpo ya sin vida fue devorado ferozmente. El que quedaba vivo, en cambio, lo fue más lentamente, saboreando cada grito que se perdía en el vacío de la noche.
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
Media hora más tarde, cuando terminé con aquellos dos me dirigía a mi casa.
-¡Madre mia qué hora es!-dije.
Corrí hacía casa, tenía que estudiar para el examen de arte de mañana.
Hace 6 horas

